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‘Traduttore, tradito’

Como saben ustedes, el famoso adagio italiano reza en realidad: “Taduttore, traditore”. Pero mucho me temo que en la práctica resulta al revés, o sea, como en el título de este artículo: el traductor, más que traidor, suele ser traicionado, el pobre. Y no sólo por lo poco que cobra o nada, sino porque siempre hay algo que se le escapa, a pesar de sus buenas intenciones, y eso vuelve luego por la espalda -en forma de crítico más o menos bilingüe- y le da una colleja. La labor del traductor es más fácil cuando traduce de lenguas imposibles, como el árabe o el chino mandarín, o al menos más cómoda, o como mínimo más impune. El asunto se complica bastante cuando traduce de lenguas que los lectores conocen algo de su bachillerato, como el inglés o el francés, o de lenguas hermanas, como el catalán o el gallego, o de primas hermanas, como el italiano y el portugués. En esos casos, el lector puede -con la ayuda suicida de la traducción, que se hace heroicamente el harakiri-compararla a la versión original e indignarse una barbaridad con el traductor porque no está todo-todo. Sin embargo, así es la traducción. Alguien tan listo, leído y políglota como Jaime Gil de Biedma lo explicaba: “El traductor siempre tiene que descartarse de algo”. Si hacer versos, como decía él, es un vicio solitario, traducir es una partida con las cartas marcadas. La maestría estriba en saber qué es lo irrenunciable de un texto y qué puede dejarse atrás sin más coste que el enfado de algún zelote de la exactitud. A fin de cuentas, no gana quien clone unas frases en el laboratorio de otro diccionario, sino el que logre en el lector la misma emoción que produce el original.

La imposibilidad última de una traducción irreprochable no debe hacernos desistir del empeño ni maldecir a la maldición de Babel. Desde antiguo han sido dos de las ruedas sobre las que ha circulado la cultura: la riquísima variedad de lenguas y la maravillosa posibilidad de compartirlas. El de traductor es un trabajo gris, como el de profesor, por no ir muy lejos, pero sin ellos, no se habría edificado la civilización. Son trabajos a los que no se viene a triunfar como un futbolista del Barça o un político, sino a equivocarse lo menos posible.

Igual que el resto de las maldiciones bíblicas, la de Babel termina siendo para bien. Felix culpa; feliz culpa, de nuevo, porque merece tal redención. En este caso, basta ojear cualquier biblioteca por encima para comprobar que nosotros, gracias al esfuerzo invisible de los traductores, en vez de la incomunicación o el chapurreo voluntarioso de un Basic English, tenemos a nuestra disposición libros de todos los idiomas del mundo. Pentecostés fue, entre otras muchas cosas, el punto álgido del don de lenguas. ¿Recuerdan cómo cada uno hablaba en la suya, pero entendían perfectamente a los demás? Hoy también podría ser el día de la traducción. Celebrémoslo.

Diariodecadiz.es, por Enrique García-Máiquez


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